Aquel verano fue inolvidable, nunca mejor dicho.

Por las mañanas, cuando todavía los demás dormían me encantaba ir a aquella playa que íbamos de pequeños, solo que ahora era mucho más complicado acceder a ella. Aquello era una zona rocosa en la que habían hecho un acceso a una especie de playa. 153 escalones para ser exactos, cada uno de un tamaño, con lo que a veces tenías que dar pasos grandes y otras veces no te cabían los dos pies en el escalón, pero siempre me resultó divertido. Lo peor era la subida a pleno sol y a la hora de comer. Merecía la pena aquella zona estaba repleta de rocas, cuando te metías en aquellas aguas transparentes y heladas.  Como te descuidaras te pinchabas con los erizos o te llenabas de alquitrán. No era como las playas de ahora, de echo estoy convencida que esa playa ya no tiene acceso a las personas. Se llamaba la Peña, el nombre hacía honor a su playa.

El viaje no me sentó muy bien, desde que embarque el estómago se revolvió y no conseguía quitarme ese mal estar.

“imagen Pinterest”

Me decían que los cambios de agua, el viaje y el calor, pero no supe hasta la vuelta que no se trataba simplemente de los cambios de agua.

Después de un mes en aquella tierra tan maravillosa, llena de olores, culturas y fiestas regresamos a casa.

La abuela Sara se quedó allí una temporada, cuando llegara el invierno regresaría a casa con nosotros. Me quedé triste porque para mí era un gran apoyo y una aliada, era divertida dicharachera y me imagino que por causa de la edad ya no se callaba ante nada ni nadie, decía y hacia lo que quería.

Todo era bastante complicado en esta casa.

A mi madre la notaba muy extraña y cada mañana me preguntaba si estaba mejor, no sabía por qué tanta preocupación.

Nada más llegar a casa fui en busca de Juan. La noche antes de irme me juró amor eterno, me llevó al cielo y le creí.

Me pasé todo el día preguntando por todas partes por él. Nadie lo había vuelto a ver, no me lo podía creer parecía que se lo había tragado la tierra.

-¿Cómo ha podido desaparecer?- No me lo puedo creer, algo ha tenido que pasarle.

Llegué a casa con mal cuerpo, me dolían las piernas, el estómago y sobretodo el alma. Él es mi príncipe, ha pasado algo muy grave para desaparecer.-

Pasaron las semanas y no supe nada de él y yo cada día me encontraba peor. Pasé toda la noche llorando y vomitando.

Ave Fénix

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